Cuando la señal no se apaga:
Despedida a
Carlos Almirón LU7DSY
Hay hombres cuya vida puede contarse en fechas, cargos y publicaciones.
Y hay otros —más raros, más necesarios— que solo pueden comprenderse en la persistencia de su eco.
Carlos Almirón, LU7DSY, pertenece a estos últimos.
Decir que fue periodista sería apenas rozar la superficie. Decir que fue radioaficionado, también. Ambas palabras, nobles en sí mismas, no alcanzan a contener la dimensión de alguien que hizo de la comunicación una ética y una forma de existencia.
En el periodismo, fue un decano.
No solo por trayectoria, sino por temple. Porque supo ejercer ese oficio antiguo —el de narrar la realidad— con una claridad que hoy resulta casi inusual. No buscó estridencias ni protagonismos innecesarios. Su estilo fue otro: el de la precisión, el de la palabra justa, el de la verdad dicha sin artificios.
Pero quizás fue en la radioafición donde su voz encontró una forma más íntima de eternidad.
LU7DSY no era solo un indicativo.
Era una presencia.
En un mundo donde la comunicación muchas veces se vuelve ruido, Carlos eligió la escucha. Eligió el intercambio genuino, la construcción paciente de vínculos invisibles que, sin embargo, resultan más firmes que muchos otros.
Sus escritos técnicos —sobre electricidad, propagación, magnetismo— no eran meros manuales. Tenían algo más: una vocación pedagógica profunda, casi silenciosa. Explicaban, sí, pero también invitaban. Abrían puertas. Le decían al otro: “esto también es para vos”.
Y eso, en cualquier disciplina, es un gesto de enorme generosidad.
Porque formar a otros no es solo transmitir conocimientos.
Es confiar.
Quienes lo leyeron, quienes compartieron frecuencia, quienes alguna vez encontraron en sus palabras una respuesta o una guía, saben que Carlos hacía algo más que enseñar: acompañaba. Incluso sin proponérselo. Incluso sin saberlo.
Fue también un hombre de memoria.
Rescató historias de colegas, documentó trayectorias, dio lugar a nombres que de otro modo hubieran quedado dispersos en el olvido. En ese ejercicio —que es también un acto de justicia— dejó testimonio de una comunidad que vive en las ondas pero también en la historia.
Y al hacerlo, escribió la suya.
Porque nadie que se dedique a nombrar a otros queda fuera del relato.
Hoy, su ausencia tiene la forma de un silencio extraño.
No es el silencio de lo vacío, sino el de lo que ha sido profundamente habitado.
Es como ese instante en la radio, después de una transmisión clara y precisa, cuando uno duda en hablar, como si cualquier palabra pudiera romper algo sagrado.
Sin embargo, quienes conocen este mundo saben que ninguna señal se pierde del todo.
Se transforma.
Se desplaza.
Encuentra otra frecuencia.
Tal vez por eso resulte más justo no hablar de despedida, sino de continuidad.
Carlos Almirón sigue ahí:
en cada operador que enciende su equipo con curiosidad,
en cada aficionado que busca entender lo que antes parecía inaccesible,
en cada palabra bien dicha,
en cada transmisión honesta.
Sigue en esa ética silenciosa que no necesita ser proclamada.
Y también —por qué no— en ese gesto tan propio de la radioafición: el llamado abierto, confiado, casi esperanzado:
—CQ… CQ…
a la espera de una respuesta que siempre, de algún modo, llega.
Porque las buenas voces no desaparecen.
Se vuelven referencia.
Y las referencias, como las estrellas, no dejan de existir cuando no las vemos: simplemente siguen ahí, guiando.
Carlos Almirón, LU7DSY, ha pasado a esa forma de permanencia.
La de los que ya no necesitan transmitir para ser escuchados.
73, colega. Buen viaje.
De LU9OTA

